miércoles, 4 de agosto de 2010

El Amante Nuclear




El 15 de diciembre pasado descubrió de la peor forma que la radiactividad no daba poderes sobrenaturales como en la tele, pero sí servía para ganar mucho dinero demandando a la empresa. Desafortunadamente él no estaba entre los que trabajaban junto al escape, lo que habría significado algunos meses gratis en el extranjero. Tampoco estuvo entre el grupo de suertudos que lograron constatar lesiones, y que hoy disfrutaban de una pequeña fortuna en la tranquilidad de su hogar.

            El hecho abarcó los titulares de todos los medios. Una máquina con fallas había provocado un grave escape radiactivo durante las faenas de construcción de la nueva Planta de Celulosa. Quienes habían estado suficientemente cerca como para alegar que existía la posibilidad de haber sido irradiados, rápidamente sacaron provecho de ello. La empresa no escatimó en gastos con tal de garantizar el silencio de los afectados y bajarle el perfil al asunto. Uno o dos casos trascendieron a la prensa, pero no fueron suficientes como para causar problemas y fueron rápidamente acallados.
            Lamentablemente, él no estaba entre quienes lograron aprovechar el golpe de suerte. Aunque juró y rejuró que el bulto que le estaba creciendo bajo el ojo izquierdo no estaba antes del accidente, los inspectores concluyeron que era un lunar causado por el sol y el calentamiento global, así que no era responsabilidad de la empresa. Además él trabajaba a una distancia que todas las investigaciones daban por segura y por lo tanto era imposible que la radiación le hubiese causado daño alguno.
            Como más le valía conservar el empleo, terminó por quedarse callado y siguió apilando materiales bajo el despiadado calor del Valle del Sol. Desde hacía meses había esperado una oportunidad como esa. En muchas empresas se habían dado casos de indemnizaciones por lesiones mucho menores. Últimamente, debido a la indiscriminada proliferación de centros de educación superior, la mano de obra incalificada era un bien escaso que los empresarios preferían cuidar. La misma incalificación era una buena excusa para mantener los salarios bajos. Como nadie era capaz de entender la compleja relación entre la ignorancia y los bajos sueldos, las cosas se mantenían inalterables y todos felices.         
            Así que pasadas algunas semanas la vida continuó como si nada. A excepción del lunar. Pronto comenzó a tolerarlo y apreciar sus ventajas. Si bien a veces le caían algunas tallas de sus compañeros, también era cierto que las chicas lo encontraban atractivo. Últimamente sus nuevas conquistas lo habían convertido en el galán de la faena y en la envidia de todos.  No era que antes no pasara nada, pero desde un tiempo, las mujeres se volvían locas por salir con él. Esa misma noche tendría una cita con una de las damas más deseadas del pueblo. Ella nunca se habría fijado en él si no hubiese sido el particular efecto que el lunar daba a sus seductores guiños. Combinados con un ligero movimiento bucal en forma de beso, eran suficiente para que cualquiera cayera rendida a sus pies.
Esa noche, mientras se miraba al espejo antes de ir por la chica de turno, se percató que otra bolita oscura estaba comenzando a aparecer bajo su otro ojo. Ya le era difícil dar abasto a todas sus conquistas. ¿Qué haría ahora que su sex-appeal aumentaría al doble? Debería hacer esfuerzos sobrehumanos para mantenerlas contentas a todas sin quedarse dormido en el trabajo. Feliz, ante su prometedor futuro, se encaminó silbando a la casa de su nueva amiguita.
            Como era de esperar, todo salió a la perfección. Apenas alcanzó a vestirse para alcanzar a tomar el bus que lo llevaba a la faena. No había dormido nada, pero no podía quejarse. Después de todo, la radiación sí que lo había dejado dotado de un poderoso don. Con las huellas de su última aventura aún arañadas en la espalda, continuó con la tediosa tarea de apilar sacos de cemento.
            Durante algunas semanas su vida fue perfecta. Botó su trabajo, porque ahora le bastaba con el amor y la amistad de las chiquillas para mantenerse, saltando de catre en catre, ya no había ninguna, soltera, casada, viuda o separada que no supiese de sus gracias.
            Los celos carcomían al resto de los machos de la zona. Por culpa del galancillo ése, sus mujeres ya no los tomaban en cuenta. El muy sinvergüenza se paseaba tranquilamente por sus hogares mientras ellos trabajaban, por lo que cuando llegaban al atardecer, sus respectivas parejas apenas tenían fuerzas para servirles la comida.

            Sólo una cosa lo preocupaba: seguían creciendo lunares en su rostro. Y parecía que cada vez eran más voluminosos. Claro que cada vez que brotaba otro, se volvía más atractivo y su potencia aumentaba, pero en los últimos días estaban brotando cada vez más rápido. No sólo cubrían casi completamente su cara. También estaban empezando a aparecerle por el resto del cuerpo, y sus efectos podrían ser inimaginables.
            Hasta que una mañana la magia se acabó. Al levantarse a realizar sus evacuaciones matinales, se encontró con un horrible monstruo que lo miraba desde el espejo del baño. Su cuerpo estaba completamente cubierto por bultos negros, idénticos a los que tenía en la cara. El grito de horror despertó a su ocasional compañera de cama, quien lo miró con asco y corrió al negocio de la esquina a publicar la noticia ante las madrugadoras dueñas de casa y uno o dos jubilados que  compraban el diario. En cosa de minutos todo el pueblo lo supo: el máximo semental de la comarca estaba convertido en una asquerosa criatura, cubierta de pelotas negras que temblaban a cada paso, y que además causaba impotencia si te quedabas mucho rato mirándolo.
            La noticia fue recibida con alegría por los envidiosos, quienes esperaban el fin del monopolio y la abstinencia forzada, y con una pena tremenda por las chiquillas, que veían un oscuro futuro junto a sus insensibles y poco imaginativos consortes.
            Si bien más de alguna habría estado dispuesta a aceptarlo en su nueva forma, la opinión masculina fue rápidamente impuesta en los hogares: nadie debía acercarse a ese asqueroso ser que constituía la vergüenza del pueblo. Estaba absolutamente prohibido cualquier tipo de interacción y debía ser arrojado del lugar a la brevedad.
            Lo echaron, pero no se fue. Se escondió entre las cañas y matorrales que crecían al borde del río, entre guarenes que mordían sus protuberancias, y los zancudos que lo atormentaban. Sólo salía de noche, cuando nadie lo veía,  para alimentarse de la basura que le disputaba a los perros, y de las sobras que de vez en cuando le dejaba alguna piadosa amiga de otros tiempos.
            Así pasó el tiempo y todo volvió a la normalidad en el pueblo. Pronto se olvidaron de él, y comenzaron a recordarlo como una leyenda, de esas que se cuentan los adolescentes espinilludos mientras veían películas porno en sus modernos aparatos de DVD. Pero el seguía allí, al borde del río, encerrado en sus pensamientos, evocando mejores tiempos mientras miraba con lujuria a los gatos que llegaban a tomar agua.
            Pero no hay mal que dure cien años, un día la vida le volvió a sonreír. Estaba sentado en la orilla, tratando de pescar guarisapos para variar su triste dieta, cuando un raro pez apareció en el fondo del canasto de garrafa que utilizaba por red. Extrañado, lo tomó por la cola y vio que tenía una carnosa boca con blancos dientes, y unos grandes ojos rodeados de largas pestañas.
            -No me comas -le dijo-. Soy una princesa encantada. Si me das un beso y me liberas del hechizo que me tiene convertida en pirigüín, haré que tu vida deje de ser tan miserable.
            Más por calentura que por convicción, besó los sensuales labios de la princesa pez, y ¡abracadabra!, ante él apareció la más hermosa de las doncellas.
            -Muchas gracias por liberarme, buen hombre. Ahora debo correr a tomar el bus de las 13.30, y llegar a ver la teleserie junto a mi madre la reina, que me espera desde hace cien años. Pero no lo haré antes de cumplir  mi promesa.
            Dicho y hecho, la princesa se fue corriendo al paradero, donde tomó el bus justo antes de que partiese. Mientras la miraba alejarse, notó que tenía una pequeña tarjeta de visita en su mano. Vio que se trataba de la dirección de una famosa viña, a pocos kilómetros de allí. Sin dudarlo, comenzó a caminar hacia el lugar.
            Llegó a media tarde, y pidió hablar con el dueño. Al recepcionista no le extrañó para nada su aspecto. Y eso que ni siquiera se había lavado, ni había recordado quitarse las ramas que tenía enredadas en la cabeza.
            -¡Magnífico! –exclamó el dueño al verle- ¡Es justo lo que buscábamos! ¡Queda usted contratado de inmediato!
            De repente comprendió lo que pasaba. Jamás se había percatado que los repugnantes colgajos causados por la radiación, le daban un aspecto asombrosamente parecido a un gordo racimo de uva país. Y las ramas en su cabeza eran detalle genial, según le dijeron. La viña necesitaba a un tipo que se encargara de atender a los visitantes, dándoles a probar los deliciosos vinos que allí se vendían. Demás está decir que una buena copa sabe mucho mejor si te la sirve un alegre racimo de uvas que un afeminado y desabrido sommelier.
            Así, las ventas se dispararon, el patrón estaba feliz y él recuperó la dignidad. Los clientes le sonreían y él a ellos. Sus compañeros lo estimaban y el se sentía importante. Aunque nunca recuperó su atractivo con las hembras, ya no lo extrañaba, porque era valorado por lo que era, y ya no era tratado como un hombre-objeto, sino como un verdadero ser humano.

2 comentarios:

Val dijo...

JAJAJAJAJJA Contreras, estaba tan metida en la historia que el giro final me pilló desprevenida y casi me hice pis de la risa...

Juanco dijo...

me alegro que te haya gustado...igual es del baúl del cachureo...a ver si me actualizo y escribo algo un poco más contemporáneo...