lunes, 26 de abril de 2010

Canto de amanecida



Para variar, estábamos metidos en la procesión del Via Crucis, que todos los años se desarrolla a los pies del Cayumanqui. Ninguno de nosotros era de los que vivían la fe o esas cosas, pero una vez más habíamos sido arrastrados a la aventura por el destino.

Daba la casualidad de que Daniel se había comprado una guitarra hacía muy poco, y estaba dedicado casi en exclusiva a aprender a tocarla. Era una creencia arraigada entre nosotros que una buena canción era un arma letal a la hora de conseguir chicas. Y la experiencia propia y ajena nos daba la razón.


Tras algunos intentos infructuosos de enseñarle algunas canciones por parte mía y de Patito, Daniel decidió arreglárselas por su lado. El único lugar en que se podían conseguir lecciones gratis de guitarra y canto a ambos lados del Cayumanqui era en el coro de alguna de las iglesias. Si bien las evangélicas manejaban muchos más recursos y tenían verdaderas bandas, exigían como requisito que el interesado se convirtiera a la verdadera fe. El hecho de que un hombre lleve el pelo hasta la cintura, y vista con faldas hasta los tobillos es un acto que hasta el día de hoy es mirado con cierta desconfianza por parte de los vecinos, por lo que escogió la forma más tradicional y menos llamativa de los católicos.

Su entusiasmo por la música había terminado por arrastrarnos a mí y a Patito a las ceremonias de Semana Santa. Años anteriores lo habíamos hecho por las razones más raras: a veces se rumoreaba que al final de la procesión, y a modo de recompensa, se repartirían queques y café gratis, lo que era un vil truco para captar asistencia, ya que jamás fue efectivo. Pero igual íbamos siempre existía la remota posibilidad de resultara verdad. 
Otra vez uno de nosotros se dejó convencer por una gentil y cristiana damisela para organizar una de las estaciones, pero la idea de ofrecer un Cristo de carne y hueso no le gustó nada al cura, y menos que en la mitad de los rezos se rebelara contra su cruel destino y decidiese bajar de la cruz por sus propios medios, alegando que tenía frío. No fue nuestra culpa que en el descenso se le enganchara el pañal en un clavo, dejándolo en cueros frente a un grupo de lujuriosas ancianas, que pese a los vergonzosos estragos que causa el frío en la anatomía masculina, no dudaron en echársele encima con un fervor no muy piadoso.

A diferencia de la versión bíblica, Nuestro Señor decidió correr para salvar su vida, y hasta el día de hoy se recuerda su fugaz aparición por la calle principal como un milagro de Semana Santa. Por un acuerdo de caballeros decidimos no hacer mención en esta historia de cuál de nosotros tres fue el desafortunado, dejándolo para la imaginación y preferencias de quien lea éstas líneas.

Tras un escándalo así, lo más lógico es que nos hubiesen quemado en la hoguera bajo cargos de herejía y satanismo, pero el cura no se podía dar el lujo de perder ovejas cuando estaban cada vez más escasas, por lo que nos acogió de vuelta, en calidad de oyentes. Hasta este año, en que Daniel iba como inofensiva octava guitarra (o primera, o cuarta... en realidad daba lo mismo, eran todas iguales), acompañando los monótonos cantos.

Y en realidad este año habría pasado sin pena ni gloria de no ser por la nueva adquisición del coro, que nuestro flamante guitarrista nos había ocultado a toda costa.
La descubrimos a eso de la sexta estación, cuando Patito y yo comenzamos a sospechar de la insistencia de Daniel por mantenernos en la última fila. Disimuladamente, nos colamos hasta adelante, y fue donde la descubrimos, cantando despreocupadamente con el resto del coro. Basta con decir que fue cosa de verla para que los pensamientos menos santos se nos vinieron a la cabeza. Por lo general este tipo de descubrimientos se compartían entre nosotros, por una cosa de todos para uno y viceversa, pero estaba claro que este caso había sido una omisión deliberada.

Esperamos al final de la marcha para exigir las correspondientes explicaciones. Algunas cervezas serían excelentes mediadores para dirimir la situación. Tras algunos minutos de conversación intrascendente, nos reveló la verdad: tenía el muy cristiano nombre de Magdalena, era dueña de una sensual voz y otros no menos sensuales pero más visibles atributos. Y bueno, nuestro compañero estaba enamorado hasta las patas. Con el pretexto de ensayar algunas canciones, había logrado conversar en un par de ocasiones con ella, e incluso en una ocasión había consentido en que la acompañase hasta su casa.
Una vez aclarada la situación, y algunas cervezas más, decidimos apoyarlo en la noble misión de conquista. Durante el resto de esa noche elaboramos el sofisticado plan que empezaría al día siguiente.

Sacrificando toda nuestra pasión por la distorsión, y al borde de la náusea, logramos recatar del lado más oscuro de los recuerdos una serie de baladas, de esas que nunca fallan al minuto conquistar junto a una fogata. Tras una ardua tarde de práctica, logramos traspasar a la cabeza y dedos de Daniel los poderosos hechizos de la música rosada. De ahí en adelante él sólo tendría que tocar y ella, atraída por la música no podría dejar de entonar las geniales frases de Arjona y Keko Yunge, para caer rendida a sus pies.
Durante un algún tiempo todo funcionó de perillas. Lenta, pero seguramente, Magdalena iba siendo cada vez más atraída al entusiasta guitarrista que la embrujaba con su apasionante lírica. Incluso aceptó salir un par de veces con su enamorado a dar un inocente paseo, mientras nosotros los espiábamos morbosamente, ocultos entre las sombras de la plaza.

Pero algunos sábados más tarde la situación habría de caer una grave amenaza: algún anónimo funcionario municipal tuvo la reprobable idea de convocar un Primer Encuentro Regional de Tunas y Estudiantinas en pleno Valle del Sol. Como durante los inviernos rara vez hay eventos sociales, la iniciativa despertó un interés muy insano en todo el lugar, particularmente en la bella Magdalena, entusiasta de cuanto evento musical se tratase. Siendo así, Daniel no tuvo más remedio que insinuarle una gentil invitación. Como la cosa era gratis, no había excusa para evitarlo.

Todo aquel que haya sufrido en carne propia la visita de un grupo de tunos a su casa o mesa, podrá imaginarse lo que significa recibir cincuenta. Los únicos beneficiados fueron los comerciantes, que vieron agotado su stock de ballerinas negras en cosa de horas. El resto, debimos soportar durante toda la tarde los ensayos de sus canciones, amenizadas por espontáneos chistes en español antiguo, comprensibles sólo para los estudiosos del Quijote.

Más allá de lo desagradable, al menos tendríamos tema para reírnos durante meses. Ya nos veíamos el momento en que los tunos se acercaran a cantarle a la hermosa damisela, enfundados en varoniles calzas, medias y camisas con vuelos, ante la contenida rabia de su enamorado, quien debería conformarse con sonreír y aplaudir cínicamente, para no contradecir a la bella. Capaz que hasta se viera obligado a darles vino o dinero.

Esa noche llegamos temprano para encontrar una buena ubicación para observar la mesa de Daniel y su niña. Tras esperar un par de horas y algunos jarros de navegado llegó el momento que esperábamos. Debo reconocer que más allá de la instintiva homofobia que se despertó en un comienzo, el show logró prender en el público, y entre algunas tallas y jarras de navegado, la cosa se volvió bastante más soportable de lo que creíamos. Y aún más interesante por el hecho de que Magdalena trasladaba cada vez más peligrosamente su atención hacia el show, como si las medias negras generasen un irresistible atractivo. Su enamorado estaba cada vez más silencioso, y se refugiaba en su jarra de vino tinto. Si la experiencia nos indicaba algo, era que en algún momento se desencadenaría la consabida escenita de celos, ojalá que con escándalo.

Hasta que llegó el momento. Aprovechando una pausa en la presentación general, un grupo de tunos bajó del escenario y se puso a cantar entre la gente, a cambio de algunas donaciones, más alcohólicas que monetarias, por lo que al llegar a la mesa de Daniel estaban bastante borrachos como para intentar dedicarle un par de cánticos al oído a su bella compañera.
La primera canción se quedó apenas en el decimocuarto coro. Un jarro de vino arrojado con excelente puntería a la nariz de uno de los insolentes cortó bruscamente la aburrida interpretación. Nosotros nos pusimos de pie, listos para animar la rosca, pero vimos que ninguno de los pajarracos negros se hacía cargo de la provocación. Y eso que cuando Daniel derrama vino de esa manera, es porque la cosa es grave.

Hasta que el que había recibido el agravio decidió reaccionar, y mientras enjugábase la cara con un pañuelo de fina seda, habló de la siguiente manera:
-Al ver vuestra indigna conducta, claro me queda que no sois un caballero. Pero eso no me impide retaros a un combate singular para limpiar esta afrenta. Como vos iniciasteis este desagradable altercado, me corresponde escoger el lugar y las armas. Os espero al amanecer al costado norte del puente. No olvidéis llevar vuestra espada y padrinos.

-¡Por la Santa Cruz de Mayo y el mismísimo San Juan de las Vides os juro que así será! ¡No seré yo quien malparado quede!-fue la inmediata respuesta.
Acto seguido, los tunos se retiraron por la puerta de atrás, mientras la fiesta se renaudaba allá en el escenario. Nosotros nos quedamos de una pieza. Jamás pensamos que la noche terminaría así. Un duelo es algo que no se ve a cada rato. Nos acercamos para animar a Daniel.
-No sabía que supieses hablar así,-le dijo Patito.
-Es el idioma en que hablamos los caballeros. Jamás pensé que éstos tunos fuesen capaces de tal atrevimiento. Pero ya acepté su desafío y no puedo echarme para atrás.
-Veo que eres muy valiente. Jamás se habían batido por mí. –Magdalena estaba muy emocionada. Si todo resultaba bien, Daniel se habría anotado muchos puntos en su puro corazón.

Lo más complicado sería conseguir la famosa espada. Si bien es un objeto muy común en todo hogar, en la mayoría de las casas del pueblo estaba reducida a las funciones de remover el carbón en las parrillas y braseros, lo que inmediatamente la invalidaba para cualquier función bélica. Era una vergüenza y un deshonor a las reglas de la caballería presentarse con una espada tiznada. Además, la ceniza en la punta acarreaba serios riesgos de gangrenar cualquier herida, por lo que su uso estaba estrictamente prohibido en las justas.
Resolvimos que para el caso, un hacha valdría lo mismo que una espada, así que partimos rumbo a la casa de los Callampa, famosos leñadores, a buscar la más adecuada.
Ya casi amanecía cuando conseguimos el arma, así que a paso rápido nos dirigimos hacia el puente. Los tunos ya estaban allí. Como Patito y yo éramos los únicos amigos presentes de Daniel, y como causante del desafío, Magdalena no contaba, nos autodenominamos padrinos. No llevábamos hachas, pero llevábamos algunas piedras en los bolsillos por si la situación se volvía desfavorable.

No hubo inconveniente respecto a las armas. Más allá de unas risotadas burlonas por parte de nuestros rivales, el hacha no llamó la atención.
El Sol ya asomaba cuando ambos se pusieron en guardia. Nosotros tomamos asiento en una de las barandas para ver el combate.
Tras las primeras arremetidas, nos dimos cuenta que las fuerzas estaban parejas. Las armas brillaban con la luz del alba y cada ataque era contestado con mayor furia, hasta el punto que comenzó a volverse monótono.
Tras veinte minutos, el cansancio empezó a notarse. Utilizando un viejo truco, el tuno pidió una pausa para abrochar la brillante hebilla de su elegante zapato. Nosotros conocíamos la treta, pero las reglas impedían que le advirtiéramos a nuestro compañero, quien al parecer había caído en la trampa.
Fue como en cámara lenta. El maldito apoyó el pie sobre la baranda del puente con la intención de distraer a su adversario y asestarle una estocada mortal por debajo de las costillas mientras éste, engañado por la pausa, bajaba la guardia. Pero no contábamos con la natural picardía de nuestro amigo. Apenas lo vio apoyado, Daniel levantó el hacha y la dejó caer con un golpe seco, cortando limpiamente media y pie. La extremidad voló por el aire, y cayó puente abajo, donde se perdió en la corriente, dejando un rastro sanguinolento.

Un chillido animal espantó a las codornices que dormían entre las zarzas. El desgraciado tuno había perdido un fino zapato, junto con el pie que iba adentro. Y según las reglas, también el duelo.
Corrimos a felicitar a Daniel mientras los tunos socorrían al herido. Como caballeros, nos retiramos discretamente del lugar evitándole la vergüenza de una despedida al vencido.
Las calles del pueblo estaban desiertas a esa hora, pero la historia pronto se sabría, y Daniel se haría famoso. Pasamos a dejar a Magdalena, dejando que se despidiese de su héroe mientras nosotros observamos discretamente, ocultos tras la esquina. En la esquina de la farmacia nos despedimos, dando por terminada una emocionante noche.

Lamentablemente, no todo resulta siempre como lo esperamos. Tiempo después nos enteramos que cuando el padre de la damisela se enteró de los líos que había causado, la castigó severamente, metiéndola a monja en un convento muy lejano y sometiéndola a estrictos votos de silencio. Apenas lo supimos, corrimos a ver a Daniel.

-Era lo mejor para ella- fue la tranquila respuesta- Después de todo nuestra relación no tenía futuro. No podría haber pasado el resto de mi vida tocando canciones de Arjona sólo para complacerla.
Resta decir que nunca más se celebró un Encuentro de Tunas y Estudiantinas en el Valle del Sol. Respecto al tuno cojo, no volvimos a saber de él, aunque los lugareños cuentan que en las noches claras se puede oír a la distancia el sonido de una pata de palo que recorre los caminos. Los viejos creen que presagia muerte o desgracia. Por eso es fácil encontrar una casa con un hacha clavada cerca de la puerta principal, o en algún lugar visible de la casa. Dicen que así se evita su funesta visita. Hasta la fecha, nadie lo ha visto.

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