miércoles, 21 de abril de 2010

San Juan de los Borrachos



En mis paseos por la noble y serena ciudad de Quillón, no he podido dejar de observar la curiosa disposición de un bloque de cemento, en una esquina apenas a un par de cuadras de la plaza. Dicho bloque recuerda vagamente una forma humana, como si estuviese mirando hacia una vieja casa en ruinas, situada en la esquina opuesta. La curiosa semejanza se hace más evidente debido a algunos musgos en su parte superior, que dan la impresión de una verde cabellera. A lo que vendrían ser los pies se veían restos de velas y algunos pequeños vasos vacíos.



Algunos días atrás, antes del Carnaval, pasaba por ahí con mi amigo Daniel, y le hice notar aquél misterioso fenómeno, explicándole mi curiosidad por saber por si era producto de la casualidad o existía alguna explicación racional para ello. Su respuesta fue asombrosa
-Esa es la piedra de San Juan, patrono de los borrachos...
Yo me sorprendí. Jamás había oído de tal cosa. Sabía que en algunas comunidades existían santos no reconocidos por la iglesia, pero debo confesar que pensé que me estaba tomando el pelo. Picado por la curiosidad, le animé para que me contara la siguiente historia:

“Hace algunos años, en esa casa que hoy es un montón de ruinas, funcionó uno de los bares más prestigiosos de todo el reino. Cierto que su aspecto no difería mucho de lo que ves ahora, pero eso contribuía al aire de misterio y permitía ocultarla a los ojos de quienes no merecían ser huéspedes de tan magno lugar.”

“Cuando traspasabas las puertas, llegabas a un lugar en que el tiempo y el espacio corrían con leyes propias. El vino se almacenaba en enormes barriles que nunca se agotaban y en la huerta crecía la peská seca como si de tomates se tratase. En el centro del patio existía una fuente donde brotaba pura y cristalina el aguardiente más afamada del mundo. Se decía que el licor  alargaba la vida y daba a los músculos la fuerza de un toro, ambas cualidades muy valoradas en una zona campesina como ésta. La vida diaria de aquel lugar era un perpetuo festín.”

“Claro que no cualquiera podía entrar en aquel paraíso. Sus puertas se abrían durante  unos pocos minutos durante la madrugada y al comienzo de la tarde. Aún así, para franquear la entrada era necesario conocer ciertas claves, para que el vigilante, un noble anciano de barbas, que como San Pedro en el Cielo, se reservaba el derecho de admisión a la eterna celebración.
“El amo y señor de tan mágico recinto era el Padre Juan, un hombre que parecía tener siglos de sabiduría, y que con una sola mirada podía rellenar vasos y botellas, como si de un milagro se tratase. ‘Soy como un padre para todos ellos’-solía decir- mientras miraba a sus fieles parroquianos, que acudían con mayor devoción que muchos de los que vana la iglesia cada domingo.
“Uno de los habituales, era el célebre Cañón, dueño de una portentosa voz y capaz de recitar de memoria y sin equivocarse las formaciones completas del Deportivo Cayumanqui, a partir de 1937. Entre todos los aficionados al aguardiente no tenía rival. Diariamente le veíamos pasar por la plaza anunciando su presencia con sus poderosos pulmones, rumbo a la mítica cantina. De todos los feligreses, era el más cercano al dueño del lugar, quien lo quería como un padre a un hijo. Algunos decían que les unía un misterioso pacto relacionado con antiguas sociedades secretas. Otros murmuraban que Cañón era el mismo Diablo, y que el Padre Juan debía a él su longevidad, por lo que estaba obligado a recibirlo. No faltaban los malintencionados que les colgaban una suerte de romance, pero si hubieses visto alguna vez la nobleza y el respeto con que el gran cantinero trataba a sus clientes, te darías cuenta que sólo pueden ser historias creadas por la envidia y los celos de aquellas esposas que veían que sus hombres se divertían más en el bar que en sus hogares. Porque dicho sea de paso, jamás se permitió que mujer alguna traspasara sus puertas, por ser el buen beber y comer costumbres masculinas por excelencia, que no deben verse empañadas por los escándalos y problemas que la mujer causa con su sola presencia.”

“Yo pienso que Cañón tenía algún tipo de influencia en el lugar. Cuando el estaba el vino y el aguardiente corrían con mayor abundancia y las peskás se desprendían solas de sus matas y llegaban nadando por el aire hacia las mesas de los comensales. Claro que no eso no pasaba todo el tiempo. Frecuentemente Cañón desaparecía de la ciudad, vaya a saberse porqué, pero cuando aparecía después de estas ausencias era capaz de secar la mística fuente del patio, tomando directamente del chorro. Pasados algunos segundos el aguardiente volvía a brotar con mayor fuerza y mejor sabor.

“Pero como a todos nos llega la hora, al buen Padre Juan le tocó la hora de partir rumbo al descanso eterno. Los antiguos dicen que murió tres veces, que en dos ocasiones le dieron por muerto, que su corazón no latía y había dejado de respirar pero que luego se levantó como si nada a atender a sus invitados. Yo creo que no era de éste mundo, y que no necesitaba ni corazón ni respiración para mantenerse vivo, le bastaba con su paraíso personal. El asunto es que un día no se movió más. Estaba hospitalizado por un leve accidente con un brasero cuando volvió a pasar lo mismo. No respiraba ni tenía pulso. Cuando pasó una semana así, se dieron cuenta que ya no volvería a moverse. Yo pienso que en las otras ocasiones su alma no se decidía a marcharse, al ver los finos licores y la alegría que lo rodeaba. En cambio, no sé de nadie que encuentre placer en permanecer en un hospital.

“El caso es que el Padre Juan murió sin sufrir, y que en ese momento Cañón estaba fuera de la ciudad, inubicable. El velorio duró una semana, lapso en el que se agotaron las existencias del local, y el aguardiente dejó de manar de la fuente. Ahí nos dimos cuenta de que estaba realmente muerto, y recién se dio el permiso para el entierro, uno de los más grandiosos que ha visto el pueblo. Pero Cañón no aparecía por ninguna parte.”

“Tres días después, el favorito del difunto apareció por el pueblo, donde se enteró de la noticia. Consumido por la tristeza y el remordimiento de no estar cerca de su amigo a la hora de su muerte, acudía día a día a esta esquina, y se sentaba a observar la casa. Cada vez que pasabas por aquí podías verlo, perdido en el infinito.”
“No fue sino pasadas unas semanas cuando empezamos a notar que cada vez se movía menos, y que estaba tomando el color del cemento. Una mañana encontramos ese bloque de cemento en el lugar en que solía sentarse, señal obvia de que se había convertido en él, como si quisiera vigilar por siempre el lugar donde había sido tan feliz. En un principio la forma estaba más definida, pero el tiempo ha ido pasando, desgastándolo, y dándole esa cabellera de la que me hablabas, lo que no deja de ser curioso, ya que Cañón era completamente calvo en vida.”

“Pronto comenzó a correr la voz de que la piedra era milagrosa. Las mismas viejas que murmuraban pestes de la cantina, comenzaron a pedirle favores. Lo cierto es que los maridos llegaban temprano a emborracharse en sus casas, molestándolas y golpeándolas. Muchos comenzaron a perder sus empleos No faltó la que fue a prenderle velas a la piedra para que se le sanaran los moretones y su hombre recuperara la pega. Luego fueron los mismos ebrios a pedirle que les quitara la caña y les protegiera en la juerga. Así nació la leyenda del Santo de los Borrachos.  Cuando alguien se halla necesitado de sus virtudes, va y le prende una vela, mientras se bebe un corto de aguardiente y le recita sus peticiones. El hablar dentro de un vaso y beber al mismo tiempo es una habilidad muy compleja y rara, por lo que quienes la poseen a veces ayudan a los demás, haciendo de intermediarios entre ellos y el Santo. Luego, vuelven a llenar el vaso y lo dejan junto a la vela, para que Cañón tome fuerzas y hable con el Padre Juan. Casi nunca falla. Si al día siguiente el vaso está vacío, el favor se cumple seguro.”

Confieso que esta historia me dejó perplejo y ciertamente incrédulo. Pero recordando que se avecinaba el Carnaval, esa noche regresé y prendí una vela y dejé un vaso. Por si acaso. Lo que pasó algunos días más tarde pareció darle la razón a mi amigo. Pero eso es tema para otra historia.

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