Para variar, estábamos metidos en la procesión del Via Crucis, que todos los años se desarrolla a los pies del Cayumanqui. Ninguno de nosotros era de los que vivían la fe o esas cosas, pero una vez más habíamos sido arrastrados a la aventura por el destino.
Daba la casualidad de que Daniel se había comprado una guitarra hacía muy poco, y estaba dedicado casi en exclusiva a aprender a tocarla. Era una creencia arraigada entre nosotros que una buena canción era un arma letal a la hora de conseguir chicas. Y la experiencia propia y ajena nos daba la razón.
